Una vista increíble sobre la jungla urbana
El mundo se desplegaba bajo mis pies mientras ascendía hacia la cima.

El mundo se desplegaba bajo mis pies mientras ascendía hacia la cima.
El aire, limpio y fresco, me rozaba la piel. Las nubes, suaves como bolas de algodón, flotaban perezosamente por el cielo, con los bordes iluminados por una luz tenue. A lo lejos se alzaban las montañas: gigantes fértiles, inmortales y silenciosos que velaban sobre la tierra.
Debajo de mí se extendía la ciudad: casas en miniatura apiñadas, calles que serpenteaban como hilos de plata. La luz del sol iluminaba una parte y hacía brillar las ventanas como pequeños diamantes. La mayor parte de la extensión urbana permanecía silenciosa y oscura.
Solo el suave susurro del viento rompía el silencio. Desde aquí arriba, la ciudad parecía a la vez ajetreada y tranquila, un ser vivo suspendido entre las colinas y el cielo.
Al igual que los paisajes naturales, las ciudades tienen contrastes: calles frenéticas y rincones apacibles, todo dentro de un contexto más amplio. Desde aquella altura pude ver dónde terminaba y dónde empezaba la jungla de cemento, pequeña pero viva.
Mucho después de haberme marchado, la escena seguía nítida en mi memoria: el silencio a aquella altura, la ciudad extendida, las montañas lejanas. Un segundo detenido en el que el mundo construido por el ser humano y la naturaleza se encontraron.
En la exposición Obra 29 de 363
Salir de lo conocido
Los ríos se despliegan
Antes de explicar el mundo
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