Sobre el potencial máximo de IPv4 como activo de inversión

¿Por qué una dirección que sostiene un servidor de 300 dólares vale solo unos centavos?

Ilustración conceptual de un puente blanco con una dovela central azul que conecta unos armarios de servidores con un barrio.

Una pequeña pieza puede sostener un conjunto mucho mayor. Lu Heng plantea cómo debe valorarse IPv4 en relación con los servicios que hace posibles.

Las direcciones IPv4 siguen siendo uno de los activos más infravalorados de la economía digital mundial. Su valoración artificialmente baja no es accidental: es estructural. Y esa infravaloración se traduce directamente en valoraciones también reducidas de los proveedores de servicios de Internet y de las empresas de infraestructuras de todo el mundo.

IPv4 es un recurso finito. Con un espacio de 32 bits, existen menos de 4.300 millones de direcciones y apenas algo más de 3.000 millones son realmente utilizables. Esa escasez ya es una realidad. Hace más de una década, la compra de direcciones de Nortel por parte de Microsoft situó el precio de IPv4 en unos 11 dólares por dirección. Hoy, los precios de mercado han alcanzado los 50–60 dólares por dirección IP. Sin embargo, incluso a estos niveles, IPv4 sigue estando enormemente infravalorado.

La razón es sencilla: IPv4 es un recurso que hace posibles los servicios. Sin él no se puede operar en Internet. En todos los demás sectores, los recursos que hacen posibles los servicios —las ubicaciones en el centro de una ciudad, el espectro radioeléctrico, los derechos de acceso— captan una parte significativa de los ingresos que permiten generar, a menudo en torno al 30 %. IPv4 no. Un servidor típico en la nube, que cuesta entre 200 y 300 dólares al mes, depende de una única dirección IPv4 cuyo coste ronda los 0,25–0,50 dólares mensuales. Eso equivale aproximadamente al 0,1 % del valor que hace posible. Ningún otro recurso esencial de este tipo tiene un precio tan bajo en un mercado maduro.

Esta brecha supone un enorme potencial de revalorización. Incluso una convergencia parcial hacia la proporción de valor que suelen captar estos recursos implicaría multiplicar los precios de IPv4 por cien o más. Y, pese a los precios artificialmente bajos de hoy, las tenencias de IPv4 ya representan entre el 5 % y el 30 % de la capitalización bursátil de muchos grandes operadores de telecomunicaciones. El activo ya tiene un peso considerable; sencillamente, su precio no refleja su valor.

¿Por qué está tan infravalorado IPv4? Tres restricciones estructurales mantienen su valor deprimido.

Primero, la liquidez. El mercado mundial de IPv4 vale aproximadamente entre 100.000 y 200.000 millones de dólares, pero el volumen anual de transferencias no llega a los 2.000 millones. Eso supone una liquidez inferior al 1 % anual. Ningún activo puede alcanzar un precio que refleje su valor en esas condiciones.

Segundo, las barreras normativas. Los plazos obligatorios de tenencia y las «pruebas de necesidad» que imponen los registros regionales de Internet restringen la libre transferencia. En cualquier mercado normal, el propio capital demuestra la necesidad. Exigir justificaciones adicionales cuando ya se han comprometido millones de dólares es burocrático, ineficiente y susceptible de abusos.

Tercero, la ambigüedad sobre la propiedad. Los compradores pagan millones, pero los registros insisten en que las direcciones no les pertenecen realmente y no pueden revenderse libremente. Los activos reales no funcionan así. Sin propiedad, los mercados no pueden madurar.

En conjunto, estas restricciones no solo deprimen los precios de IPv4, sino también las valoraciones de las empresas que dependen de él. Todo proveedor de servicios de Internet (ISP) posee direcciones IP. El balance de todos los ISP se ve afectado.

La conclusión es inevitable: liberar la liquidez de IPv4 y reconocer la propiedad real daría paso a uno de los mayores procesos de creación de riqueza que haya vivido el sector de las infraestructuras. No se trata de especulación, sino de corregir una distorsión provocada por las políticas.

Ese cambio no llegará por sí solo. Requiere que operadores, directivos, consejos de administración y accionistas participen directamente en la gobernanza de los recursos de numeración para eliminar las barreras artificiales, exigir que los registros funcionen con eficiencia y reclamar un trato justo para estos activos.

El sector de las infraestructuras de Internet ha creado un inmenso valor mundial, pero solo ha captado una fracción de él. IPv4 ofrece una oportunidad de reequilibrar esa ecuación. La cuestión no es si ese valor existe, sino si el sector actuará de forma colectiva para materializarlo.