La trama de lo fugaz

Un solo estallido se adueña de la noche. Sus filamentos se extienden como venas por la oscuridad, mientras el azul y la plata se persiguen hasta el límite de la mirada.

Un solo estallido se adueña de la noche. Sus filamentos se extienden como venas por la oscuridad, mientras el azul y la plata se persiguen hasta el límite de la mirada. Cada línea es precisa, pero lleva consigo el leve titubeo de lo que se extingue. La simetría de la explosión parece deliberada, casi humana: una coreografía de lo transitorio. La mirada se adentra en la luz y encuentra orden en el caos. El negro del fondo se vuelve infinito, esa clase de silencio que solo llega después de un gran estruendo. Dentro de ese silencio, la fotografía retiene lo que la realidad no pudo: la duración. Detenerse ante esta imagen es presenciar la paradoja de una quietud nacida de la violencia. El fuego artificial ya no es fuego: es memoria suspendida, el fantasma del calor transcrito en luz. Le recuerda a quien lo contempla que la belleza a menudo no es más que la estructura que deja tras de sí lo que desaparece.

En la exposición Obra 287 de 363

La escala del tiempo

Azul y rojo

Antes de explicar el mundo

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