La escasez no es acaparamiento: por qué reconocer IPv4 como un activo fortalece la conectividad en lugar de perjudicarla
¿Tratar IPv4 como un activo encarece la conectividad?

Un activo puede ayudar a construir la siguiente conexión. Lu Heng sostiene que reconocer las direcciones IPv4 de los operadores como capital les proporciona recursos para reinvertir en las redes que operan.
La afirmación de que reconocer IPv4 como un activo «disparará los precios de la conectividad» se desmorona ante el más elemental análisis de la cadena de valor. El precio de la conectividad no lo determinan las direcciones IP; lo determinan los proveedores de equipos, la infraestructura de fibra, la electricidad, los inmuebles, el espectro y el tránsito contratado a proveedores de nivel superior. Cisco, Juniper, Nokia, los fabricantes de fibra y los proveedores de energía forman parte de industrias de billones o de miles de millones de dólares que captan la inmensa mayoría del valor. Los ISP —especialmente los operadores de acceso y los regionales— trabajan con los márgenes más estrechos de la cadena. Despliegan y operan redes, asumen el riesgo regulatorio y reciben las culpas por precios que no fijan.
La razón por la que los ISP son estructuralmente pobres es sencilla: históricamente, no poseían nada escaso. En el capitalismo, la escasez es un requisito para tener poder de fijación de precios: sin escasez, no hay rentas. Durante décadas, los ISP quedaron confinados a un papel de intermediarios mientras sus proveedores captaban rentas monopolísticas mediante patentes, equipos propietarios y costes de cambio de proveedor. IPv4 es la primera escasez verdaderamente mundial e ineludible que los ISP han poseído legítimamente. No es un insumo externo; es un factor interno de producción. Precisamente por eso ciertos sectores del aparato de gobernanza intentan presentarlo como «propiedad comunitaria» en lugar de como capital en manos de los ISP.
No se trata de impedir subidas de precios; se trata de apropiarse de la escasez. Cuando los círculos internos sostienen que IPv4 debe seguir bajo el control de quienes lo custodian «por el bien público», intentan confiscar el único activo escaso de los ISP para preservar un control administrativo perpetuo. El planteamiento moral existe porque el argumento económico no se sostiene. Si IPv4 fuera insignificante, su control no importaría.
Incluso bajo supuestos deliberadamente extremos, la acusación no se sostiene. Si los precios de IPv4 se multiplicaran por 1.000 o incluso por 3.000, el impacto en la conectividad del usuario final seguiría siendo marginal: del orden del 0,1 % al 1 % del coste total. Las direcciones IP no son enrutadores, fibra, electricidad, mano de obra ni espectro. Frente a las rentas extraídas en otros puntos de la cadena, su peso es un mero error de redondeo. Afirmar que el precio de IPv4 impide la conectividad es matemáticamente falso.
Tras el agotamiento del conjunto central de direcciones gratuitas disponibles, insistir en la asignación «basada en la necesidad» no solo resulta obsoleto, sino estructuralmente perjudicial. Reproduce la lógica de una economía planificada: propiedad colectiva formal combinada con acceso sujeto a autorización. La asignación según una «necesidad» demostrada no elimina la escasez; transfiere poder a quienes conceden las autorizaciones. Como la «necesidad» no está definida ni puede verificarse, estos sistemas generan previsiblemente discrecionalidad, demoras, favoritismo y corrupción. No es un defecto; es el mecanismo, y por eso los círculos internos lo favorecen.
La imagen recurrente de «un niño pobre en África al que se niega el acceso a Internet por el precio de IPv4» es, por tanto, no solo errónea, sino cínica. Ese niño no tiene conexión porque la inmensa mayoría de los costes está en la infraestructura que pertenece a proveedores mundiales, empresas de servicios públicos y gobiernos, no por unos pocos dólares adicionales por dirección IP al año. Moralizar sobre IPv4 desvía convenientemente la culpa desde los verdaderos centros de coste hacia el actor más débil de la cadena.
Más aún, impedir que los ISP valoren su único activo escaso debilita precisamente a quienes pueden ampliar la última milla. Los operadores con márgenes asfixiados no pueden financiar la densificación de las redes, los despliegues rurales, la redundancia ni la resiliencia. Reconocer IPv4 como activo lo transforma de una limitación oculta en capital que puede ponerse a trabajar, al permitir el arrendamiento, su uso como garantía y la reinversión. Suprimir la escasez no produce inclusión; produce fragilidad.
La conducta de los círculos internos refuerza esta dinámica. Un pequeño grupo enquistado en el sistema engaña habitualmente a los ISP y a los responsables técnicos al presentar el control discrecional como estabilidad y necesidad moral. Priorizan los procedimientos por encima de los resultados, defienden el poder de los comités y atacan los argumentos basados en la economía de las redes. El resultado es perverso: se convence a los ISP de que defiendan posiciones contrarias a sus propios intereses, preservando una estructura en la que siguen siendo pobres mientras otros extraen rentas.
Los ISP deberían dejar de disculparse. La escasez no es un pecado; es la base de la sostenibilidad. Es la primera vez en la historia de Internet que los ISP pueden participar en la formación de capital en lugar de sufrir una compresión permanente de sus márgenes. Tratar IPv4 como un activo no eleva los precios de forma significativa; redistribuye el valor hacia los únicos actores que realmente construyen y operan las redes.
La verdadera pregunta no es si IPv4 es escaso —ya lo es—, sino a quién se permite beneficiarse de esa escasez. O los ISP captan ese valor y lo reinvierten en las redes, o los administradores y los proveedores siguen extrayendo rentas mientras predican moralidad. Lo primero conduce a la descentralización y la resiliencia; lo segundo preserva un sistema en el que los ISP siguen siendo pobres, cargan con las culpas y resultan políticamente convenientes.