Gato descansando en silencio, con los ojos verdes llenos de luz

Un gato se agacha, con las patas recogidas bajo el cuerpo. Es casi todo gris, suavizado por el blanco del pecho y el rostro. El pelaje es corto y pegado a la piel, pulcro sobre el suelo áspero. Sus ojos brillan verdes, claros y pensativos, mirando más allá del objetivo hacia algo que no se ve.
Las orejas se alzan, una ligeramente desigual, una pequeña marca de experiencia. La nariz es rosada y los bigotes, afilados. Permanece quieto, pero no débil: hay fuerza en la forma en que mantiene la postura, equilibrado, compacto y atento.
El suelo es de piedra y polvo, irregular y de tonos cálidos. Esa aspereza enmarca la calma del animal y hace más fuerte el contraste. Ningún otro detalle llama la atención; solo el gato la acapara. El momento parece corriente, pero la mirada le da peso. Por un segundo, parece algo más que un retrato: es un vistazo a una paciencia silenciosa, a una criatura que descansa pero permanece siempre alerta.
En la exposición Obra 143 de 363
Encontrarse con otras vidas
Ellos devuelven la mirada
Antes de explicar el mundo
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