Una flor hecha de fuego
El estallido nace de un solo punto y se expande hacia fuera con un ritmo perfecto.

El estallido nace de un solo punto y se expande hacia fuera con un ritmo perfecto. Las líneas doradas fulguran, luego se alargan y se afinan en la oscuridad hasta desaparecer. Dispersos entre ellas, brillantes puntos magenta laten como pequeños corazones, con pulsos irregulares pero deliberados. El cielo de fondo permanece negro, puro e ingrávido, y deja a la luz todo el espacio para desplegarse.
El centro arde con la máxima intensidad, demasiado luminoso para distinguir su forma. A su alrededor, el resplandor se enfría poco a poco y cada filamento conserva su propia estela de humo. El movimiento parece rápido, pero la fotografía lo vuelve eterno: captura el segundo antes de que todo se deshaga.
Pasada la primera impresión, ya no parece fuego. La luz se vuelve orgánica, casi delicada, más parecida al aliento que a la llama. La explosión ha terminado, pero su ritmo permanece, constante como la memoria.
En la exposición Obra 285 de 363
La escala del tiempo
Un círculo de luz en la oscuridad
Antes de explicar el mundo
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